ELEIVENTS

NTS SEIDOR PRESENTA

ELEIVENTS

FICCIÓN BASADA EN PROYECTOS REALES 20 MINUTOS DE LECTURA

No es el mejor lugar del mundo para dormir, o tal vez sí.

Un hotel de lujo. Mejor dicho, justo enfrente, delante de un hotel de lujo, al otro lado de la carretera de dos sentidos y seis carriles, una entidad bancaria con un logo que podría recordar a Cecabank; su vestíbulo sirve como albergue improvisado para quienes pasan la noche, y la vida, al raso.

La imagen de cuento de hadas de este edificio neorenacentista, donde las calesas tiradas por caballos en otros tiempos tienen su transposición al año 2021 en supercoches y SUVs full equipe conducidos por choferes con aspecto de escoltas, o viceversa, se refleja en los cristales que dan cobijo al cajero automático.

En el interior, un homeless -cuyo sexo y edad son imposibles de determinar por la cantidad de prendas, complementos y ausencia de higiene que lo envuelven- yace acompañado de su mejor amigo, un perro. Y su mejor compañera, una botella samogon.

Esta santísima trinidad del infortunio dormita entre mantas, cartones de Amazon, colchones demasiado usados y recuerdos abollados.

De pronto, un billete de 1000 con la estatua de Yaroslav el Sabio en el anverso cae sobre el gorro del sintecho. Ha sido expulsado desde una NCR SelfServ. Y lo seguirá haciendo sistemáticamente, a una velocidad de 40 unidades cada 23 segundos, hasta quedarse con el vientre completamente vacío.

La metáfora está servida, la representación de la más absoluta de las miserias bajo una fuente capitalista que arroja una cascada de dinero incesante.

El autor de esta anomalía, de este chorro de rublos, (nota al pie de página, lo que se conoce en la jerga cracker como Jackpoting) es Óscar. Alto, y fornido, y… Ya. Ahí acaba su descripción, por estar su cabeza cubierta por un gorro y su cara por una mascarilla.

En estos momentos Óscar está recogiendo el dinero y metiéndolo en una bolsa de Starbucks. Con la prisa contenida de quien no es la primera vez que hace algo así. Y sin dejar de mirar de forma sistemática a la cámara de seguridad, y al exterior del banco.

Sin perder un segundo ni un billete, retira el cableado que conecta su portátil a la máquina del dinero, e introduce todo el kit del perfecto hacker en su mochila. Sale a la calle dejando al sintecho durmiendo el sueño de los que fueron ricos durante unos segundos, aunque no puede evitar depositar una “propina” de un puñado de billetes en su bolsillo.

Óscar pasa al lado de una marquesina con una pantalla publicitaria donde se lee Партнер, проверенный временем, Zurich Insurance. Se detiene. Consulta la hora en su móvil; en la pantalla, como wallpaper, un selfie de él, aunque no se le distingue bien porque justo su cara coincide con una parte rota del panel oled, junto a Sofía.

ELEIVENTS

A casi 4000 kilómetros de allí, Sofía intenta coger el sueño, metida en la cama; sobre una mesilla, distinguimos un termómetro de oído y un bote de dalsy, con el prospecto desplegado. La habitación está iluminada con estrellitas proyectadas en paredes y techo procedentes de una lámpara infantil. El bebé se acaba de dormir.

Sí, un bebé. Y no es porque esté pluriempleada como canguro, no. Para comprender mejor sobre la nueva realidad de nuestra protagonista basta con hacer un poco de memoria, y recordar que la última vez que la vimos estaba extremamente embarazada.

En estos momentos Sofía quisiera también cerrar los ojos y dormir como un infante, pero se da por vencida, ya está desvelada de por vida, si los teléfonos tienen modo “avión” ella está ahora en modo “jet lag”, “baby jetlag”.

Sus ojos, tan insomnes y su mente tan despierta como después del segundo café de máquina de las nueve de la mañana; decide coger el portátil para rechequear el estado del proyecto de Meliá y la implementación de Salesforce, y de paso, responder algunos correos en la bandeja de “pendientes”. No es ni medio normal, pero hasta ese punto te puede trastocar el metabolismo anímico una noche complicada de madre primeriza.

Qué leches, de la necesidad virtud, también es un buen momento para poner a prueba esto que los ejecutivos norteamericanos practican de levantarse muy temprano y aprovechar esa “paz” de la madrugada para trabajar, “after hours workaholics”.

Porque no, a ella no le surte efecto reproducir uno de esos miles de videos ASMR que circulan por Youtube, ni leer en wikipedia una entrada sobre los protozoos.

Y mucho menos seguir escuchando el podcast que se ha descargado y que no sabe si le gusta o le parece palabrería de outlet: “¿ES POSIBLE LA CONCILIACIÓN FAMILIAR, SIENDO MADRE SOLTERA?” ¡A la mierda! De momento se conforma con conciliar el sueño.

- ¡¿Todo bien cariño?! -se oye desde otra habitación.

Ssssss… Tranquila mamá, todo bien, tú sigue durmiendo -responde Sofía, levantando la voz lo estrictamente necesario y rechequeando la profundidad del sueño del bebé.

Así es, Sofía es una okupa del hogar materno. Y no para un fin de semana. Una solución transitoria, pero indefinida. Ahora, su dirección para recibir los pedidos de AliExpress es la misma que aparecía en su primer DNI.

Los primeros meses de su maternidad, lo que se conoce como el puerperio -puerperio… lo mismo que la RAE va admitiendo nuevos vocablos, ¿no se podrían quitar otros?-, ha acordado afrontarlos con la “ayuda” de su madre.

Expliquemos las comillas. Sofía sabe que la vuelta al hogar donde creció va a ser dura, y que muchas veces va a tener que reprimirse -represión postparto- y morderse la lengua para no resultar soberbia, egoísta e injusta: asquerosamente soberbia, egoísta e injusta.

Pero al cambio, merece la pena, la ayuda que le puede aportar compensa cualquier intromisión e injerencia bienintencionada. Aunque a veces sus maneras, métodos y vicios de madre del siglo pasado le saquen de quicio, ¿O puede haber algo más irritante que esa costumbre de las abuelas de meter el dedo en la boca del bebé para saber si tiene hambre? Sí, que al hacerlo, acierte.

Sofía atraviesa el salón. Una fotografía de la madre con sus dos hijas adolescentes en un parque de atracciones comiendo a la vez un algodón de azúcar ocupa un lugar protagónico en un conjunto que evidencia la pasión de la propietaria por las plantas y los dorados. ¿Decoración recargada? Para ella, decoración, solamente. El interiorismo, el diseño de interiores, es una vaina, un sacacuartos para pijos: ¿en serio hace falta que te asesoren para colgar cuadros mientras haya espacio, y poner figuras allá donde hay sitio?

Y llega a la cocina, con el portátil bajo el brazo. Abre la eterna nevera Teka aunque eso suponga enfrentarse a un panorama ultradesolador de procesados y tentaciones. Su madre diferencia muy bien entre lo que es bueno para ella y lo que es bueno para su salud. Y se cuida mucho de no mezclar.

Recipientes llenos de sobras deliciosas (sí, las madres son capaces de unir estos dos términos). Yogures antinaturales. Salsas de yogur. Aceite de palma omnipresente. Repostería post-industrial. Panes de molde con semillas y nueces que te pasas… El bodegón que haría palidecer a tu nutricionista. La viva estampa de lo que es comer comer. Y Sofía que no tiene ninguna gana de decir adiós para siempre a su talla 38. Así que, un botellín de agua, a punto de caducar, todo hay que decirlo. ¿Es posible conocer a una persona mirando su frigorífico? Por supuesto, es su huella más íntima, si no, los habrían hecho con las puertas transparentes.

Abre el portátil. Lo primero el correo. Bandeja de entrada. Vale… Valeee… Todo normal… Un trago de agua… Vaaale… Y justo cuando va a cerrar sesión, todo se detiene. ¡¿Eh?!

El wifi. El puñetero wifi de la casa de su madre, traicionero y tan fiable como un billete de seis euros. Se le había olvidado que tenía uno de los peores de la ciudad; definitivamente como viajar al pasado cuando los datos se arrastraban por la línea telefónica, y emitían ese buzz desesperante y tan old school.

“To do” prioritario, contratar una tarifa de verdad, regalarle un router nuevo, consistente, y prohibirle terminantemente usarlo como peana para macetas u otros elementos ornamentales.

Es en momentos como éste cuando duda sobre su decisión de trasladarse al hogar materno. Pero su condición de madre novata le ha llevado a admitir que no le viene mal que le echen una mano, aunque de vez en cuando se engañe a sí misma diciendo que lo hace porque la abuela pueda disfrutar más del bebé.

Llevar sobre sus hombros el proyecto del Digital Workplace de Loewe es una empresa de las duras, saber interpretar el llanto de una personita de meses, eso, eso es una tarea imposible, infinitamente más ardua que explicar lo que es el blockchain en una residencia de ancianos.

De modo que la autosuficiente e independiente Sofía se halla en esta fase avanzada de cura de humildad mientras cicatrizan los puntos de la episiotomía.

Su adicción (o sinónimo) al trabajo y la responsabilidad sobre sus clientes -“adicción al trabajo y responsabilidad” podrían ser el lema de su blasón-, le han llevado a acogerse a una reducción de jornada. Otra automentira.

En realidad, dejar transitoriamente el trabajo en NTS y su nuevo proyecto en Help Flash, acogerse a un cese de su actividad para dedicarse a la maternidad a tiempo completo, hubiera sido ideal, pero, volvemos a la casilla de la madre soltera: el desempleo voluntario a efectos bancarios equivale a cero ingresos, ruina; parar máquinas y mantener el mismo tren de vida, no es sostenible, para una pareja al 50%.

Y en ese hilo que separa tener descendencia y no coger una excedencia anda haciendo equilibrios Sofía.

En ése, y en el de intentar bregar con una conexión de internet medieval. Incansable como es Sofía, y amiga íntima del pensamiento paralelo, toma la opción de enlazar el portátil con su móvil para que chupe gigas.

De nuevo. Bandeja de entrada… Un vistazo rápido, lectura en diagonal. Revisión completa. Y repaso a la documentación del proyecto de Salto Systems. Bosteza. A la cama. Aunque casi es hora de levantarse. Las seis menos cinco. Aún así. Una mirada a la cuna. La fiera de su niña sigue dormida, conectada a un chupete. Sofía tiene tiempo para una cabezadita. Bosteza. Se frota los ojos.

…¡Ni una cabezadita! Vibra el teléfono móvil. Y tiembla el mundo. A las seis menos cuatro minutos, ¿la llamada de un número conocido? Sofía saluda, y contiene la respiración. Se limita a escuchar en silencio, un silencio salpicado por algún que otro monosílabo. Su cara va mudando de la estupefacción al temor, con un matiz de pánico al fondo. Esta conversación corta y telegráfica aniquila por completo los efectos de la dopamina que empezaba a generar su organismo.

¡Mierda! ¡¡La bandeja de spam!! -se dice a sí misma.

En lo que tarda en saltar de la cama, abrir su laptop y consultar el correo no deseado -y tanto que no deseado-, se fija en uno que desprende aroma a hecatombe. El responsable del departamento de IT de uno de sus clientes, con el que acaba de hablar, le pone en aviso de que sucede algo extraño, cuenta cómo alguien está inundando el servidor con peticiones dirigidas a su web y se empiezan a ver desbordados, a razón de más de 20.000 por segundo. Y es sábado, de madrugada.

Sofía se pone a trabajar, devuelve la llamada.

- Visto. Nosotros nos encargamos. Os mantendremos informados. Seguimos en contacto -dice en tono tranquilizador, quitando hierro a una situación que es una bola de metal en el tobillo, mientras ya piensa en lo que puede ocurrir a continuación.

Y ocurre. Abre el mensaje que acaba de recibir de la cuenta personal del cliente, y es entonces cuando Sofía, preguntándose por qué no habrá usado la cuenta corporativa, se derrumba.

Ooops, your files have been encrypted!

Many of your documents, photos, videos, databases and other files are no longer accessible because they have been encrypted. Maybe you are busy…

…Y un wallet de Bitcoing -imposible de rastrear- con la que contactar. Para resolver el problema de una manera sencilla basta una cifra con muchos ceros, o no tantos, si hablamos en bitcoins.

Resto del mensaje: lo acostumbrado en estos casos (está claro que no invierten en el departamento de creatividad), el aviso de que todo el sistema permanecerá cifrado e inutilizado, y no recibirán las claves para reactivarlo hasta que se efectúe el ingreso. El principio del fin. No puede evitar pensar en que esta movida se la podría haber librado si llega a estar disfrutando de su retiro para hacerse cargo de la crianza de su hija.

Pero no. Esa posibilidad es imposible porque en su personal ecuación familiar falta un elemento.

¡Menudo elemento! -bramó la madre de Sofía, el día que se enteró de que no tendría yerno, de que su nieta formaría parte de ese cajón que se conoce como unidad familiar monoparental; y tanto que “unidad”, su hija iba a ser la única en tirar del carro, de la compra, y del carrito del bebé.

Pero, el amor maternal es una fuerza tan incontrolable, tan incondicional, que Adela -dejemos hechas ya las presentaciones- lo tiene ya asumido: si no hay rastro del padre biológico de su nieta, si no va a aparecer en los selfies de cumpleaños ni en el libro de familia, no se le nombra. Sofía ni siquiera permite que se refieran a él con un insulto.

Prefiere que se quede sólo en un recuerdo. Una herida mal cerrada, suturada con un hilo compuesto de silencio y nostalgia. Borrado. ¿Autocensura? Silencio administrativo. No se admitirán preguntas. A Adela ni se le ha pasado por la cabeza juzgar a su hija mayor, por su decisión de formar una familia como quien juega un solitario.

Como tampoco compartía la opción académica, a la hora de elegir carrera. ¿Ingeniería informática? ¿Cómo narices se explica eso a las amigas en el café de los jueves? Y… No quieres taza, pues taza y media, Alejandra, Alex, su hija pequeña tomó la misma senda. ¡Las dos!

El ransomware, un malware de rescate, no ha sido contra NTS -los depredadores digitales buscan bocados más jugosos- sino contra una de las cuentas en las que trabaja. Y a las que Sofía tiene acceso como máxima responsable del proyecto.

Tú piensa en todos los clientes que puede tener una empresa de soluciones tecnológicas, y luego elige el que menos quisieras que sufriera los embates de los piratas cibernéticos, uno “core”, que puede afectar a la estabilidad de un país. Acertaste; en la diana. Han asaltado la web de la Agencia Tributaria. Cuando piensas en algo así, solo esperas que la aguja del destino no la gestione un político… y sobre todo, no te apunte a ti.

Una vez comprobado que, por desgracia está deshabilitado el comodín de que todo sea un mal sueño, y la opción de que esté asistiendo a un simulacro queda descartada, toca apretar el botón del pánico, aunque haría falta un teclado lleno de botones del pánico, el panel de control de una central nuclear. Sólo queda…

Mamá… Mamá… -susurra Sofía, asomándose a la puerta de su habitación.
Mmmm? Qué pasa? -responde su madre, mientras enciende la luz de la mesilla y hace ademán de levantarse, medio dormida. No pasa nada. Tranquila. Tengo que ir a la oficina. Luego te llamo -dice Sofía, ya vestida de calle- No te preocupes, todo está bien -y no se lo cree ni ella, es imposible que todo esté bien cuando tienes delante el armagedon mirándote fijamente a los ojos.

Pero cuando va a salir… Su bebé vuelve a llorar en una franja de decibelios inasumible. Sofía le coloca el termómetro: la fiebre no acaba de bajar. Consulta el que se ha convertido en estos momentos en su libro de cabecera, “TU HIJO DE O A 3 AÑOS PARA DUMMIES”…

“La fiebre es una respuesta del organismo ante una posible infección, un virus…”, lee Sofía.

- Tócate las narices. Mi cliente y mi hija, con un virus -piensa Sofía.

Para llorar. WannaCry, qué gracia.

En ese momento le viene a la cabeza la idea ridícula de que, entre las asignaturas del grado de ingeniería informática, debería estar la religión, porque cuando te enfrentas a la resolución de un caso de ransomware de proporciones bíblicas, no queda otra que rezar.

Cambio de planes. Sofía se instala en la mesa del salón, no quiere perder un tiempo valiosísimo en el traslado ni dejar a su hija sola en pleno proceso febril. Pone en marcha todo el protocolo de emergencia, hace llamadas a compañeros y monta un gabinete de crisis en remoto: descripción y status de la incidencia “afectación grave y generalizada de los sistemas críticos de la Agencia Tributaria”.

Todo se desenfoca a su alrededor. Un zumbido se apodera de sus oídos. Si tuviera tiempo para un ataque de pánico… Cierra los ojos, expira, inspira, aguanta la respiración. Y a seguir. Claro, alguien podría decir “qué más da, sólo es curro, lo que tengan que pagar que lo paguen”. Ya.

No es tan sencillo. Pone en peligro la confianza que has construido a base de mucho esfuerzo y años de servicio. Sofía se lo toma como algo personal, como una mancha en su historial, y ella es una obsesa de la limpieza. Eso sin contar que se pueda tener un efecto dominó y extenderse a otras empresas o instituciones.

De reojo, a través del pasillo, por la puerta entreabierta, ve la habitación de su juventud, en la que creció, en la que ahora se halla la cuna con su hija, entre un poster de Juanes y otro de Las Chicas Gilmore, un diploma de un campeonato de judo. Se le daba bien eso de ser flexible, de adaptarse y sobre todo de aprovechar el ataque del contrario. Y con esa mentalidad va a actuar.

Monta una reunión en videocall, con compañeros auditores y responsables de seguridad de IT. Sofía con rapidez, pero con cuidado de no dejarse ningún detalle importante explica…

- Se ha producido un cifrado del nombre y el contenido de ficheros y bases de datos de servidores y cualquier portátil que en ese momento estuviera conectado a la red, utilizando criptografía asimétrica y algún zero-day exploit de la red. Un combo para echar a correr y no parar -sentencia.

Silencio incómodo. Y muchas neuronas en acción. Nadie quiere malgastar el tiempo, con frases que empiecen por “quizás…” Todos quieren acertar en sus aportaciones. Juanan, del equipo de seguridad, propone adoptar medidas de aislamiento.

- Bloqueemos el ransomware para que no acceda a equipos que no se hayan conectado, identifiquemos el tipo de cifrado y lancemos alguna prueba de fuerza bruta- acaba de explicar, colocándose un poco el pelo despeinado por la almohada.

- Juanan, pareces un Senador intentando ayudar. Eso ya no es posible, la afectación es casi total -puntualiza Sofía.

Juanan encaja el comentario, da un trago a su café y añade que un plan como el que él propone proporcionará a los desarrolladores una canalización optimizada y capacidades entrenadas.

- Y podríamos inspeccionar instantáneamente todo el tráfico IP a través de la estructura de su centro de datos -continúa Sofía- ¿Es eso?

Su compañero asiente. Pero Miren, con ese fondo de chroma de playa tropical tan inadecuado para un gabinete de crisis (quizá debería cambiarlo por otro con un volcán en erupción), tiene sus dudas:

- Ya lo empleamos con Mercadona cuando aquel troyano de última generación intentó robarles datos e informaciones relevantes.

- Pero ahora podríamos analizar ostensiblemente más datos que los marcos de aplicaciones de ciberseguridad convencionales - insiste Juanan.

Sofía como máxima responsable da el ok. Daría el ok incluso a una sesión de magia negra con tal de que todo esto se resolviera durante el fin de semana, cuando la Agencia Tributaria apenas tiene actividad. Y sobre todo, antes de que un confidencial digital publicara la noticia.

Mientras toman esta senda accidentada, cuesta arriba y contrarreloj, ella está obligada a comunicar lo ocurrido al INCIBE-CERT, con un protocolo muy estricto. Redacta un correo refiriendo qué tipo de incidente ha ocurrido, cómo y cuándo se ha detectado y qué acciones de respuesta se están tomando.

El nivel de impacto: crítico. El nivel de peligrosidad: crítico. El efecto en la prestación del servicio: crítico. Su cliente está en la UCI y como único tratamiento, dedos cruzados.

Sigue con el informe de daños. Alto grado de afectación e interrupción en la prestación del servicio normal de la organización. Posibles pérdidas económicas. Sofía concluye notificando la brecha de seguridad a la Agencia Española de Protección de Datos. Un desastre, a la altura de los que pintó Goya, en versión siglo XXI, con ceros y unos.

Consultando su iWatch, aunque sea Mickey Mouse quien dé la hora, comprueba que el tiempo va a la velocidad de la luz, que todo está cada vez más oscuro. Las horas pasan, y pesan. Los resultados no acuden a la cita. No hay buenas noticias, nada de todo lo que hacen funciona. Están la hostia de fastidiados. El plazo que les han impuesto para hacer el ingreso, sigue agotándose. Las autoridades y la ética siempre recomiendan no pagar. Pero en el caso de Sofía es más, es una cuestión de amor-odio: el amor propio de una profesional que odia rendirse.

Sin tiempo ni siquiera para ir al baño, y con todos los implicados (NTS, Agencia Tributaria, INCIBE) trabajando a destajo, saca unos segundos para ir a la habitación a ver a la niña de sus ojos. Dormida. Y a su lado, la abuela, más dormida todavía; de las dos, sólo ésta ronca. La escena, de alguna forma, le da fuerzas, energías limpias contra el juego sucio. Aunque todo sería menos difícil si estuviera en su propia casa.

De repente este pensamiento resulta revelador. Cree que tiene la manera de resolverlo. Un poco a la desesperada, a Sofía se le ocurre una idea. Una posibilidad remota (y remoto tal y como está la situación es sinónimo de “just do it”).

…Que los cortes repetidos y caídas sucesivas en el flujo de datos por el wifi cochambroso de la vivienda, hayan hecho de cortafuegos natural y accidental, y en su portátil haya guardado algún backup parcial de información crítica del que tirar, pudiendo mantener parte del contenido sensible en su unidad. Se pone a ello.

Coge aire. Pero su pensamiento se evade al reparar en una pegatina de Salesforce en su portátil. Viaja hasta la convención para usuarios Dreamforce, en el Moscone Center de San Franscisco. Miles de asistentes para presenciar uno de los eventos de tecnología más grandes del mundo.

En la fiesta de clausura, mientras habla con una colega del equipo de IT de Iberdrola, Sofía pone sus ojos en un joven misterioso. En medio de este encuentro con programadores ella protagoniza su propio encuentro: el joven es un tipo detestable, de una edad similar a ella, un coco privilegiado, mucho flow, alto, con esa capa de descuido que se ponen los que son guapos que se mueren. Lo dicho, detestable. Pero unos ojos… Se enrollan.

Es un calentón en toda regla, como Sofía no había experimentado jamás. La escena, una mezcla de 50 Sombras de Grey y Mr Robot. El acto, en un solo acto. Un “si te he visto no me acuerdo” pactado, sin nombres. Ambos saben que no volverán a saber el uno de la otra. Y eso multiplica el frenesí del momento. Mientras otros se quedaban con un bote de gel o las zapatillas de baño del Marriot Marquis, ella se llevó puesto un souvenir inolvidable.

Y perenne. La resaca de esa celebración fue inesperada, de efecto retardado. Pasó por una farmacia. Por supuesto, no para comprar espidifen, sino un test de embarazo. Dos rayitas. Positivo. ¿Para quién positivo?

Negación. Ira. Negociación. Depresión. Aceptación. Todo, al mismo tiempo; curioso que la gestión emocional de una muerte se parezca a la de un futuro nacimiento, cuando es no planificado.

Dilemas. Agobios. Desvelos. Y una decisión insólita: SEGUIR, SOLA.

Sofía no tenía entre sus planes vivir en pareja -la vida, como el tenis, mola más si es individual-, pero sí tener descendencia. De manera que, simplemente el destino le sirvió una oportunidad. ¿A quién no le ha pasado que hace algo sin pensar y sin embargo acaba encajando en sus planes? A quien no haya vivido.

El desenlace final ya lo conocéis. Se llama Nerea, tiene unos meses, unas décimas de fiebre y lleva como primer apellido el de Sofía.

Dio a luz sin complicaciones. Pero la epidural ha sido más necesaria después. El giro imprimido a su vida, y la “skin” de madre soltera a menudo le hacen dudar de si fue una decisión bien meditada. Difícil de responder. Depende del día. A veces piensa que se precipitó, que se arrepentirá. Y otras, sobre todo cuando abraza al bebé y lo huele con los ojos cerrados, nota que todo fluye como si su vida fuera una producción de Disney+.

Clinck. Le saca de sus pensamientos una nota de whatsapp que acaba de entrar en el móvil. Se vienen complicaciones.

Mientras la oye, su cara emula toda la gama de emoticonos. Susto. Estupor. Sorpresa. Alegría. Euforia. Incredulidad… Para digerir lo que le acaban de decir, y como no tiene a nadie más a mano para compartir lo ocurrido, intenta verbalizarlo con su madre.

Primero le cuenta lo que es un virus informático. Después lo que son los hackers. A continuación que un software delictivo ha atacado a la Agencia Tributaria, pidiendo un rescate millonario. Y finalmente, que todo se arreglado.

- Pero, Popy, -dice Adela a su hija- tu cara no es la de alguien que se ha librado de un… ¿Cómo decís vosotros?…

- ¿Marronazo? -completa Sofía.

- Eso es.

- No me preguntes por qué, pero hay algo que no encaja -reconoce Sofía.

- Yo te digo por qué no encaja, hija, -sentencia Adela- no encaja porque siempre te ha gustado buscar cinco patas al gato.

¿Gato? Gato encerrado es lo que hay. Del caos del milenio, a la nada. Ni rastro de la alerta, ni del ransomware, ni de la petición de rescate… El súbito cierre de la incidencia no tranquiliza en absoluto a Sofía, todo lo contrario: se obsesiona con ese amago de catástrofe; no tiene sentido que un ataque en una fase tan avanzada se desvanezca de esa manera.

Y aunque todos y todas a su alrededor le dicen que es caso cerrado, que descanse lo que le queda de fin de semana, Sofía siente como un vacío, una sensación de ingravidez, como de “¿y ya está? ¿así, sin más?”, haciendo que todo parezca más amenazante.

En fin, acaba cediendo. Intenta desconectar, entretenerse, mientras da el biberón a su niña, viendo la televisión con su madre; en la pantalla, Españoles por el Mundo.

La reportera visita, en compañía de una ejecutiva española, la City de Moscú, en el Distrito Presnensky; pasean por el gran hall de la Torre Federación. Entre gente encorbatada y mujeres con traje chaqueta, un joven con sudadera capta su atención. Fugazmente, cree haber visto al padre de su hija, al de la noche de pasión en el Marriot Marquis. Pero ya no vuelve a aparecer.

Apenas le da tiempo a recuperarse de la impresión cuando aparecen en casa un grupo de agentes, que enseñan sus acreditaciones como miembros del GDT (Grupo de Delitos Telemáticos).

- ¿Es por el ataque a la Agencia Tributaria? ¿No estaba solucionado? -comenta Sofía, sin entender nada.

- Sí. Y no -responde uno de los guardias civiles del grupo adscrito a la Unidad Central Operativa.

Primero piden a Sofía que se identifique. Y le explican que tienen que hacerle algunas preguntas. Han observado una actividad sospechosa que le implicaría directamente en el incidente de la Agencia Tributaria. Sofía les escucha, mientras hace un gesto a su madre para que se lleve a la niña y les deje a solas.

Uno de los miembros de la unidad especializada en cibercrimen afirma que tienen pruebas de que se ha ingresado una cantidad similar al rescate solicitado en su cuenta bancaria. La intuición de Sofía ha debido multiplicarse con el instinto maternal, porque, tal y como ella preveía, el problema sigue coleando.

Un secretario judicial que acompaña a los agentes le comunica que es sospechosa de estar implicada en un ataque cibernético tras ser rastreado un movimiento en su cuenta de 3.052.021€. Deberá mantenerse localizable. ¿Localizable? Sofía no puede ni moverse, del shock.

Como es lógico niega cualquier implicación. Es que ni siquiera le ha saltado el aviso del ingreso en la app de su banco. Los agentes, a lo suyo, traen una orden de registro preliminar, necesitan inspeccionar su móvil y su portátil.

A la ingeniera de NTS no le queda otra que dejarles hacer y mantenerse a la espera, tensa, basculando entre la convicción y el pánico, pasando por el cabreo. Intenta asimilar lo que ha ocurrido mientras observa a los guardias revisando sus dispositivos. Pero detecta que algo no les va como esperaban. Empiezan a lanzarse miradas de perplejidad. Lo que deriva en…

- Sólo podemos pedirle disculpas, nosotros somos los primeros sorprendidos - dice un agente, lanzando gestos de retirada a sus compañeros.

- ¿Disculpas? - Sofía no entiende nada.

Y ellos menos. Mientras recogen su credibilidad, a la altura de la moqueta, e inician la marcha, intentan explicar lo incomprensible; ni en todos los años de experiencia acumulados por los miembros del GDT se han enfrentado a algo parecido. La transferencia en la cuenta se ha esfumado; no consta en el historial de movimientos. Nada de nada.

Anonadados y cabizbajos, salen del domicilio de Adela, dejando el acta de las diligencias. Todo apunta a que los hackers están jugando una partida de pinball y han cambiado la bola por Sofía. De momento la única que está perdiendo es ella.

¿Pero por qué está en el epicentro de todo ese fregado? No quiere obsesionarse. Y no puede dejar de hacerlo. Hay algo… Algo raro… Un detalle que le ha llamado la atención. Pero no consigue recordarlo, y menos con la irrupción de su madre con la niña…

- Le he cambiado yo el pañal. Y que sepas que esta niña tiene hambre -avisa Adela, metiendo el dorso del dedo incide en su boca.

Y Sofía también, pero de respuestas. Hay tantos interrogantes… Se pone a preparar un biberón. Mientras gira en el microondas, su cabeza da vueltas, y vueltas. De nuevo su madre:

- Oye, los policías se han dejado esto. Pensaba que era una factura y casi lo tiro -anuncia Adela, mostrando una hoja con el membrete de la UCO.

- Eran guardias civiles. Y no se la han dejado, es la copia del atestado -responde Sofía cogiendo el documento.

Lo deja sobre la mesa de la cocina. Y mientras hace la mezcla de la leche, observa el texto de argot jurídico-policial hay algo especialmente chocante, la cifra de su ingreso en cuenta: 3052021€.

Es muy extraña. Demasiado random. Sofía no deja de mirar al número. Las cifras bailan en su cabeza intentando dar con alguna combinación. Hasta que…

¡¿Parece una fecha?! 3.05.2021 30 de mayo de 2021. ¿Una fecha? ¿Por qué una cantidad debería equivaler a una fecha? ¿Tiene alguna lógica? Para el resto de la humanidad, quizá no. Para ella… Podría tenerla. Ese día fue cuando tuvo el rollo con su amante anónimo.

¿Simple coincidencia? ¿Es la mente de Sofía la que quiere verlo así, porque le agrada más? ¿Es ÉL, quien está detrás del ingreso? Su cabeza es un torbellino y en ese torbellino aparece la imagen fugaz del padre de su hija en el vestíbulo de un rascacielos de oficinas en Moscú.

En cuanto ha terminado con el bibe del bebé, y se ha cerciorado de que la fiebre va disminuyendo, se vuelca en hacer pesquisas. Prácticamente a ciegas escudriña linkedin. Accede a la web de partners y participantes en el evento de SalesForce. Empleando subterfugios e improvisando mentiras, se atreve a contactar con el Hotel Marriot Marquis de San Francisco, tratando de dar con algún hilo del que tirar, cabos que atar.

Una tarea ímproba, con los poquísimos datos que tiene. Aunque entre ellos, la pista de Moscú le huele a posibilidad, remota pero no tiene más. Rescata un artículo en el que se habla de que, en la Torre Federación, en pleno centro financiero del centro de Rusia, operan bandas de hackers.

Y sigue con su tenaz actividad, ahora sentada en un banco, en el parque, con la sillita de la niña al lado, mientras el resto del mundo disfruta de una soleada mañana de domingo. Sólo ensombrecida por la aparición de dos hombres, que se sientan con ella, flanqueándola.

- Tiene que dejarlo. Está usted poniendo en peligro una operación de relevancia internacional. Olvide todo este asunto -dice uno de ellos, con la frialdad de un bot, sin abandonar la corrección ni el trato de usted.

Sofía comprueba que la broma pesada en forma de bola de nieve en la que se ha convertido su vida no deja de crecer.

- ¿Quiénes sois? ¿Qué está pasando aquí? -pregunta Sofía, agarrando con fuerza el cochecito de su hija, como acto reflejo de protección maternal.

Se acreditan como agentes de la Europol. Afirmación que, en vista de la cara de incredulidad de Sofía, apoyan mostrando sus placas.

- Si no para usted en sus pesquisas, le acusaremos de obstrucción a la justicia -apoya el otro agente.

- ¿Y se puede saber el motivo? Perdón, habéis dicho que sois de ¿la Europol? -insiste Sofía.

“Del EC3, Centro Europeo de Cibercrimen”, le contestan.

- Lo que vamos a contarle es una información crítica, absolutamente confidencial: Óscar, es un agente infiltrado, en labores de contra-ciberdelincuencia -expone el agente A.

- O sea que se llama Óscar… -dice Sofía, intentando sacar algo en claro, y empezando a rebajar su nerviosismo.

- No podemos revelar su nombre real -responde el agente B, y sigue-, el ataque contra la Agencia Tributaria existió realmente, procedía del mismo grupo de cibrecriminales en el que se ha incrustado Óscar, y lo abortó desde dentro, para protegerla a usted, exponiéndose, incluso saltándose el protocolo. Tuvo suerte de no ser descubierto.

- De hecho se le ha amonestado, por segunda vez, hay un expediente en curso -añade su compañero.

- ¿Eso significa que le echarán del cuerpo? -pregunta Sofía, albergando la posibilidad de volver a verle.

- Imposible.

- No se contempla.

- Es demasiado importante -le responden alternadamente.

- ¿Y es mucho preguntar desde cuándo es… Policía? -intenta sonsacarles Sofía.

Los agentes del EC3 dudan en un comienzo, realmente no tienen por qué dar más datos. Pero se abre una grieta de empatía.

- Suponemos que usted le conocería como programador, especialista en integración de sistemas en Thomson Reuters, pero era una fachada -concede el agente A.

Los de la Europol dan por terminada su misión de interceptación. Se levantan. Inician la marcha…

- Un momento. Habéis dicho que le han apercibido por segunda vez -apela Sofía.

- La primera fue por hacerle a usted un “seguimiento” -contesta el otro miembro del EC3.

- A mí, ¿por qué?

- Eso es algo que les incumbe exclusivamente a ustedes dos. Pero más vale que no lo vuelva a hacer. Una tercera irregularidad le dejaría fuera de la unidad -con este comentario, se marchan por donde han venido.

La fiebre de Nerea ha desaparecido por completo, el aire de la calle ha tenido un efecto antipirético. Domingo por la noche, de este fin de semana que parecía el fin del mundo. Sofía tiene a su hija en brazos, arrullándola para que coja el sueño; el sonido de una nana en el móvil, completa la entrañable escena… Que ahora aparece en la pantalla de un portátil. Óscar, en una mesa apartada, en el Starbucks de la calle Arbat de Moscú, observa con una sonrisa de padre, destinado en un lugar lejano. La imagen que está viendo procede de la babycam con conexión wifi que Sofía ha instalado para controlar a Nerea, y que el miembro oculto del EC3 ha hackeado.

Sofía y Óscar se cruzan mensajes de texto.

ÓSCAR: Es preciosa.

SOFÍA: Como su madre. Y lista…

ÓSCAR: Imagino… Eh, ¿cómo acertaste que la transferencia era la fecha en que nos conocimos?

(Volvemos hacia atrás y vemos la escena al completo. Sofía mirando el número en el atestado. Las cifras bailando para dar con una clave. Agita el biberón para mezclar bien el contenido. Al hacerlo el líquido escapa por la tetina. Cae por toda la cocina y sobre el documento. La forma aleatoria en que dos pequeñas gotitas aterrizan sobre el número, al que tantas vueltas le está dando, es reveladora 3 . 05 . 2021)

SOFÍA: Nuestra hija me inspiró.