ELEMENTS

Ficción basada en proyectos reales

20 minutos de lectura

A diez pasos del Convento de Nuestra Señora del Rosario, pegada a quien le formó como ingeniera informática, su querida Universidad de Deusto. Medio tirada en la acera. Bien entrada la noche. Sofía se mantiene en pie a duras penas; es atendida por dos monjas. Pantalones vaqueros, rotos, cara magullada, melena castaña encrespada, y una mirada perdida en no se sabe dónde, detrás de unas gafas graduadas con montura de concha que se sostienen de milagro sobre su nariz; los vaqueros también tienen gotas de sangre... Es lo que queda de Sofía. "¿Estás bien?" le pregunta una de las monjas. "Eh, ¿seguro que estás bien?", insiste la otra hermana, mientras las campanas tañen con un eco imponente.

Rewind. Start. Horas antes. Misma joven. Sofía. Misma ropa, pero en versión presentable. Distinto lugar. La joven conduce por carreteras urbanas. A su espalda una mochila. Resto del outfit: una sudadera, un casco, y brotando por debajo de él, una coleta. Vista así, subida a una bicicleta, podría ser una mensajera. No es el caso.

Rewind. Start. Horas antes. Misma joven. Sofía. Misma ropa, pero en versión presentable. Distinto lugar.

Colgando del cuello, se aprecia la tarjeta identificativa con su foto y el logo de la empresa tecnológica en la que trabaja, NTS, pendiendo de una cinta naranja. Todavía no se la ha quitado. ¿Sentido de pertenencia a la compañía? Simplemente una acción no prioritaria. Más importante es hacer un repaso mental de la jornada, por si hubiera algo colgando... Día duro. Muchos frentes abiertos. Marrones de última hora. Reuniones a traición. Tareas ajenas con efectos colaterales. Nada nuevo. Puede con todo.

Mientras sigue pedaleando su cara se tiñe de verde. Es la luz de la cruz de neón de una farmacia próxima. Sus dígitos dicen que son las 20:01. 24 º. Y el día 31/10. A su lado pasa un coche con la música puesta para el resto del mundo. Del equipo de sonido desborda por las ventanillas el Porcelain de Moby: "so this is goodbye / this is goodbye"...

La canción se apodera unos segundos de la mente de Sofía. Hasta que un mensaje de móvil vibra en su bolsillo. Cuando cabalga sobre su bici no acostumbra a leerlos. No porque carezca de la pericia necesaria para hacer todo a la vez, ni por educación vial, sino por tener una excusa para desconectar; ¡joder!, ahora ya está fuera de su horario laboral. Aunque para eso lo mejor sería apretar su tecla de off. Y no lo hace. Nunca.

Más notificaciones. Zzzzz... Zzzzz... Sofía no es tan inexpugnable como ella cree. La alianza entre su acentuado sentido de la responsabilidad y un semáforo que se acaba de poner en rojo se acaba imponiendo. Pie al suelo. Saca el smartphone del bolsillo. Son alarmas automáticas que le están llegando a través de Telegram, para alertarle de que algo no va bien en uno de los proyectos que tiene asignado.

Se desvía ligeramente a la derecha, deteniéndose en una parada de taxi. Sin bajarse de la bicicleta, escruta el mensaje con atención. ¿Qué hacer? Realmente la incidencia no le corresponde a ella sino a uno de sus subordinados. Pero no es buena idea, porque entre que le localiza, le avisa, le explica, lo entiende... El sonido del claxon de un taxista que pide sitio le saca de su autojustificación. Sofía opta por ponerse con el asunto. Y se promete a sí misma que será la última vez (como las anteriores últimas veces.)

Sofía opta por ponerse con el asunto. Y se promete a sí misma que será la última vez (como las anteriores últimas veces).

En un primer vistazo observa que el aviso procede de unas lavadoras industriales Fagor, dotadas de inteligencia artificial, monitorizadas en remoto: la empresa de soluciones digitales para la que trabaja se encarga de mantener controlada en tiempo real su actividad. En estos momentos unas cuantas unidades están desatadas, fuera de control, inundando de datos, registros de sistema y logs.

...Ah. Vale. Era eso. Lavadoras, industriales, de gran capacidad, pero lavadoras. Mira, nada, seguro que se trata de algo transitorio. Si persiste, a primera hora, en cuanto vuelva al trabajo se pondrá con la tarea. No hace más que repetirse que no tiene ninguna obligación, que mañana es fiesta, que esta noche tiene plan...

Imposible, una parte de su "yo", ese pliegue del cerebro donde está enquistada su hiperresponsabilidad, no acepta la idea. El taxista acaba bajándose del coche, se acerca a ella con mirada ladina y le pide que se busque otro sitio para hacer gilipolleces con el móvil o... Sofía no se queda a esperar el fin de la amenaza.

Sale disparada hacia su apartamento, está más cerca que la oficina, allí también tiene capacidad de acción, y cocina, mientras que en el trabajo le esperaría ese agujero negro de placeres culpables y remedios contra la ansiedad conocido como vending.

En fin. Una vez más trabajando fuera de las horas de trabajo. La luz trasera roja de la bici le da algo de presencia mientras circula por un túnel. Sofía piensa que estacionar ahí, simulando que se le ha salido la cadena, o que se ha caído, sería una excusa perfecta para aislarse y quedarse sin cobertura. Eleva el ritmo del pedaleo asumiendo la realidad de que siempre piensa cosas que no va a acabar haciendo.

Porque Sofía sabe que, hasta que no llegue y acabe, no quitará ese postit de su velleda interior de tareas pendientes. Sola en casa, se dirige a la puerta de su habitación-despacho, pasando antes por la nevera. ¿Por qué su mirada esquiva siempre el compartimento de la fruta para acabar en la hilera de bebidas energéticas? ¿Por qué la comida sana marida tan mal con el stress? Sofía tenía en mente cambiar, pero sin fecha asignada. Ya si eso... En otra vida.

Se sienta frente a su mesa. Tensa, la espalda recta, no toca el respaldo. Abre el portátil y después la lata con esa pócima moderna a base de cafeína, taurina, glucosa y marketing arrebatador. Frente a ella, en la pared, un tablero lleno de fotos, pins, entradas, imanes, amuletos, billetes de avión, acreditaciones y "chuletas técnicas" (quién quiera seguir el rastro a Sofía debe mirar en este metro cuadrado de poliuretano marrón, no en su testimonial cuenta de Instagram).

Mira el reloj, todavía llega a su cita. Sólo debe pensar en qué va a ponerse. Pero antes enciende su ordenador de sobremesa; el monitor muestra una pantalla partida, reproduciendo el contenido de seis monitores. Pero, antes de nada, un cerebro. Es su gominola preferida. La busca en un tarro medio lleno de gelatinas con formas de murciélagos, dentaduras con colmillos, ojos. Y...

Ahora sí, los dedos de Sofia corretean por el teclado como niños que acaban de salir al recreo. Pero... ¡¿Cómo?!... Los datos que arrojan las pantallas... No le cuadran. Abre diferentes logs. Revisa cargas de servidores buscando reconfirmar datos: load a,reg1; load b,reg2; add reg1,reg2; store reg2,c... ¡¿Qué?! ¡¡¿Qué mierda está pasando?!! No entiende nada. Algo raro sucede. Su experiencia y su instinto le ponen en guardia. El cribado de información le permite ver que el problema afecta a un equipo concreto, a unas pocas lavadoras. Las instaladas en la Central Nuclear.

¡Maldita sea! De entre todas las unidades de lavado de ropa que controlan, no están, ni de lejos, entre las que generan más tranquilidad. Son simples lavadoras industriales para la ropa de los trabajadores, pero están en "la red" de la central... y claro, eso puede generar problemas. El proyecto en la central nuclear ha sido uno de sus clientes recientes, en ella se implantó un sistema de seguridad. Y con todo lo que está ocurriendo existe el riesgo de que...

El smartphone de Sofía vibra. Su cuerpo se estremece. Una nueva alerta en su buzón de correo electrónico. Podría ser una oferta de productos online, de esas que en otras ocasiones le sacan de sus casillas. Pero no. Se ha caído el sistema de comunicaciones críticas, ha dejado de funcionar debido a una sobrecarga de información en la red. Las lavadoras están congestionando el sistema con su torrente de datos. Y... Colapso. Sin red de datos no hay posibilidad de transmitir ningún tipo de incidencia. La pesadilla con la que sueñas pero que siempre desaparece al despertar. Esta vez seguía ahí.

El smartphone de Sofía vibra. Su cuerpo se estremece. Una nueva alerta en su buzón de correo electrónico.

¿Cómo coño una lavadora puede tumbar una red de datos? Pregunta retórica. "Una inofensiva lavadora forma parte del protocolo de seguridad de una central. Todas las tienen". Y lavar ropa de trabajadores en entornos de seguridad es prioritario. Como suena: un problema... con una lavadora; electrodomésticos de línea blanca sobrepasando líneas rojas. Una cosa estaba clara, entre la infinidad de programas de lavado que incorporan no había ninguno pensado para sembrar el caos.

En este momento los retenes que deberían garantizar la seguridad están ciegos y sordos. Y la central amordazada. Un sudor frío recorre su nuca, y no por lo extrañamente caluroso de esa noche de finales de octubre. Malas, muy malas sensaciones en lo que está sucediendo. Podía tratarse de un error de los sistemas. Pero... ¿Y si no lo es? ¿Y si hay intencionalidad? ¿Si en algún lugar alguien pretende convertir la vida de Sofía en una filial del infierno?

Calma. Una opción sería elevar a sus superiores y a los clientes afectados lo ocurrido. Que no cunda el pánico, ella se las arregla. Sola. Es simplemente invertir un poco más de esfuerzo; tiene margen de acción. Sofía sigue buceando en los sistemas informáticos de la central nuclear y Fagor, guiada por la intuición y espoleada por la taurina, como un pacman buscando una salida que le lleve a la pantalla en la que le espera la tranquilidad, antes de que aparezca el fatídico "game over".

Abre shells y bucea en ficheros con su portátil. Para. Piensa, podría coger un avión, después un coche de alquiler, presentarse en el lugar... Inasumible. Piensa. Piensa... Bloquea y desbloquea mecánicamente su móvil. Haciéndolo se da cuenta de algo. Tiene descargada la app para móviles de Fagor; con ella, los clientes de las lavanderías son avisados por las lavadoras cuando éstas llegan al final de sus programas. Usando esta app y una lavadora de las características de las instaladas en la central nuclear, quizás podría encontrar dónde está el problema, simulando una situación parecida. Y en este momento, un ‘quizás’ representa mucho, pensaba ella.

Vibra el móvil. ¡Qué cojones! Nuevo recordatorio de su cita, "¿ya sabes qué te vas a poner? ¡tienes que estar de miedo!" Nooo, ahora no, no es el momento, no tiene tiempo. Sofía tiene en mente abortar el trabajo de escritorio y bajar al barro. Piensa con rapidez, hace un barrido mental: la lavandería más cercana... La tiene a cinco manzanas. Mochila al hombro, último trago de bebida energética, ascensor, no, mejor bajar andando. El casco. Y a correr, en bici.

Agitada, Sofía entra escaneando el establecimiento. Hay que joderse, la primera vez que va a una lavandería es para librarse de un marrón del 15. Sin más. Está casi sola. Casi: un homeless con brick de vino le escudriña desde una esquina. Tras asegurarse de que ésos son los únicos ojos que podrían verla si pudieran, Sofía elige una lavadora y se introduce por el hueco que queda entre su parte trasera y la pared. Con la movilidad muy limitada quita como puede una pieza y accede a un panel electrónico. Retira la tapa. Conmuta un jumper. A partir de ahora tiene acceso en modo desarrollador vía bluetooth al hardware de lavado, y comienza a investigar.

Está casi sola. Casi: un homeless con brick de vino le escudriña desde una esquina. Tras asegurarse de que ésos son los únicos ojos que podrían verla si pudieran, Sofía elige una lavadora y se introduce por el hueco que queda entre su parte trasera y la pared.

Sus pesquisas van en la línea de que, si alguien ha metido "malware" en una lavadora de la central nuclear, también habrá infectado el mismo virus en el resto de lavadoras, solo que este estará "latente" y solo dará problemas en la central. Pero si ella lo consigue identificar en la lavandería, seguro que podrá ver qué está fallando también en la central.

Que el retén de seguridad de una central nuclear quede bloqueado por accidente no es una buena noticia. Mejor dicho, sólo es una buena noticia si lo comparas con que pueda haber alguien que lo esté provocando. ¿Pero por qué alguien querría opacar a los servicios de seguridad y mantenimiento de una central nuclear? No quiere ni pensarlo. Todo lo que su mente es capaz de imaginar son escenarios aterradores. Una mala pinta de la hostia. Ni el simulacro diseñado por la mente más retorcida originaría algo así. Y ella, ahí, en medio. A veces le da por pensar que no está diseñada para ser feliz: los problemas sienten magnetismo por ella; ningún fundamento científico, pero todos sabemos que existe gente así. A lo mejor lo que debía hacer es asumirlo. En ello estaba, aunque no a tiempo completo.

¿Y si pidiera ayuda? Eso nunca ha sido una opción para Sofía. De alguna forma, o eso es lo que un psicoanalista diría, para ella tirar de alguien es como fallar, es mostrarse débil, incapaz, es renunciar, rendirse... Pedir ayuda. Le molesta incluso pronunciar esas palabras. Pero ahora sí que ha llegado el momento de empezar a hacer llamadas. ¿Y a quién? ¿A sus jefes? ¿A los responsables de la Central? ¿A las fuerzas de seguridad?

...A nadie.

Cuando está dispuesta a dar el paso, su móvil se niega. Bloqueado, inservible, irreversible. Entonces se percata de que, al separar la lavadora de la pared, el tubo de desagüe se ha soltado y el agua ha alcanzado a su móvil, que estaba apoyado en el suelo. Resultado, ¡caput! Ahora su smartphone en "brick mode". ¡Sin movil! Eso sí que no estaba en las quinielas. Un suceso banal, un accidente frecuente, cotidiano que, dependiendo a quien le toque, puede tener consecuencias dramáticas. Como por ejemplo, Sofía.

En este instante, sin su smartphone se siente mutilada. Un juego demencial de incomunicados. La central nuclear. Sus retenes de seguridad. Ella. Es como si siguiera dentro del túnel circular. Entre impensable e imposible encontrar una cabina. No digamos conseguir un nuevo móvil y clonar el contenido y la configuración del suyo. ¿Puede ir algo a peor? Definamos "peor". ¿Es peor un problema de dimensiones catastróficas en su trabajo, que un accidente? Porque es lo que le acaba de ocurrir.

Entrando en el garaje de su casa, Sofía baja sin tocar los frenos por las pendientes, a una velocidad insensata. Hasta que súbitamente clava el freno delantero, al ver un saliente en el pavimento. Cae. Su cara impacta con el suelo del garaje. El casco evita males mayores, pero solamente los mayores.

El shock trae consigo un dolor seco, persistente e intenso, una marca ensangrentada en el pómulo izquierdo, y el consabido repaso mental que se activa en nuestra mente de forma automática. Visualizándolo, Sofia se percata de la forma más habitual de caerse de una bicicleta es que sus ruedas no sean capaces de asumir las irregularidades del terreno.

De repente Sofía, pospone lo de dar la voz de alarma. El accidente ha resultado productivo. Ahora entiende cómo puede desatascar la red de la central nuclear. Instalando Devo, este software es capaz de procesar todos los logs de las lavadoras -evitando el colapso- y restablecer el tráfico normal de la red, para que los retenes de seguridad puedan saber si sucede algo anormal.

Sube apresurada y jadeante las escaleras de su casa y tras sentarse de nuevo frente a su portátil y sus 6 pantallas, comienza a reconfigurar Devo para evitar que el problema de la central nuclear alcance la jurisdicción del Consejo de Seguridad Nuclear. Mientras lo hace, su voz interior se desboca. Vale, tiene a su alcance solucionar el problema. Pero, el pensamiento que ya le había asaltado antes, regresa con efecto boomerang. ¿Todo se debe a un fallo? ¿Lo que está ocurriendo es accidental? O hay alguien que lo está provocando. Alguien...

Solamente una persona con acceso al proyecto de Fagor podría reconfigurar el sistema para convertirlo en malware. Solamente un desarrollador del proyecto de la central nuclear sabría que la mala configuración de una lavadora podría cegar la salida de datos de una central nuclear. Solamente un profesional... ¿De NTS? ¿Uno de sus compañeros?... ¿Pero quién sería capaz de hacer algo así? Traga saliva. No sabe si realmente quiere dar con la respuesta.

Sofía se emplea a fondo en programar y configurar Devo. Así consigue restablecer de nuevo los mensajes push de alerta que deberían estar llegando a los retenes de seguridad. Junto con el dolor del golpe todavía latente, golpea su cabeza la incógnita de quién de NTS podría haber hecho algo así.

No tiene que pensar mucho, lo tiene delante. En el tablero de los recuerdos... Sólo puede haber sido él, Nacho, el Jefe de Proyecto a quien ella sustituyó. Poco después salió de la compañía: "salió" es una buena definición de lo que pasó. Añadir si fue por la puerta principal o por la de emergencias, depende de quién dé su versión de los hechos.

Pero algo no le cuadra. Enredar en los sistemas de una central nuclear, se trata nada menos que de un asunto de seguridad nacional. Pocas bromas. Las repercusiones para alguien que haga eso podrían ser tremendas. Hechos que cualquier juez tomaría por sabotaje. Lo dicen hasta en wikipedia: "Sabotaje, acto delictual, y deliberado, en que se daña o destruye, bienes públicos o privados, con el objeto de anular su funcionamiento, o derechamente ponerlos fuera de servicio". Literal.

En su portátil aparece un recordatorio, con el lugar de la cita de esta noche. No, ahora no. Minimiza la ventana. Todas sus energías puestas en el intenso debate que bulle en su interior. ¿Sofía debería denunciar los hechos? Si tuviera pruebas... Si realmente tuviera deseos de hacerlo. Una vez encauzada la incidencia nuclear, se fija una nueva meta; resolver la cadena de problemas sin que afecte a Nacho. Fue su compañero. De universidad. De trabajo. De piso. De habitación y de cama. Ahora, todo eso queda reducido -como las cenizas de un incendio- a una escueta definición: ex.

Si se puede, Sofía quiere evitar que todo esto tenga consecuencias para él. Les unen muchas cosas, no todas buenas, pero de esa contradictoria mezcla suelen estar compuestos los vínculos. Su mirada se posa en él. Lo tiene justo en frente, en el tablero. Típica tira de cuatro fotos de fotomatón. Muy sonrientes. Bastante juntos. ¿Por lo estrecho del espacio? O por lo estrecho de su relación...

Es entonces cuando Sofía decide investigar algo más. Necesitaba saber qué estaba pasando. Nacho era un espíritu libre... Tenía una forma idealista de pensar... No, no había hecho eso por joder, sino por algo más. Demasiado sencillo para Nacho.

No, no había hecho eso por joder, sino por algo más. Demasiado sencillo para Nacho.

Resuelto el problema de red de la central con Devo. Hace un esfuerzo por concentrarse. ¿Qué más proyectos dirigió Nacho antes de que ella le sustituyera? Accede a Salesforce, el CRM interno de NTS. Revisa con todos los sentidos implicados los proyectos en los que su ex estuvo metido, esperando averiguar si está metido más arriba del cuello.

Necesita un paracetamol y una ducha para reactivarse. No tiene tanto tiempo. Una nueva dosis de jellies también hará efecto, ahora una con forma de ojo inyectado en sangre. ¡Dios! Casi se le olvida. Su cita. A estas alturas ya ha renunciado a llegar. Doble faena, porque aunque avisara por mail. La gente joven, los mails... Como que no mucho.

Su mente multitarea vuelve al escrutinio. Pero... Si no hace falta. Le sirve con su memoria. Nacho participó en la implantación de un CRM para Ormazabal, una compañía de equipamiento eléctrico para la transmisión y distribución de energía eléctrica que trabaja para terceros. Entre estos... la central nuclear.

Necesita profundizar, porque hay una conexión clara... Y Nacho nunca da puntada sin hilo. Sofía accede vía google docs al contenido del proyecto de Ormazabal. Descubre que sus comerciales, a través de su CRM Salesforce, son capaces de gestionar los proyectos de venta de equipamiento y soporte de sus equipos, siempre en instalaciones complejas, como el de la central nuclear.

Una central nuclear se nutre de energía eléctrica a sí misma, salvo en situaciones de excepción, donde hay provisión externa de energía o incluso autogeneradores. Pero claro, si la distribución de esa energía se paralizara, todos los sistemas de seguridad y comunicaciones lo harían. Sofía intenta no perder el control, aunque es consciente de que está ante un problema descomunal, de consecuencias desproporcionadas. Se pregunta si en algún momento verá la luz.

La joven ingeniera avanza, sí, ¿pero hacia dónde? Avanza como avanza una presa dentro de una anaconda, con su segunda fila de dientes introduciendo su captura hacia el estómago, anulando cualquier posibilidad de escape. Borra esa visión de su mente y se concentra en entrar en el CRM de Ormazabal. Accediendo a este sistema que Nacho había diseñado desde NTS, se puede ver qué equipamiento se ha vendido a la central nuclear, qué técnicos han participado... y qué implica que este equipamiento se pare. Si pudiera entrar en el CRM para conocer más detalles de su instalación o incluso para poder alertar mediante una tarea a sus técnicos de guardia, quizás podría evitar una catástrofe.

Pero, prefiere ir paso a paso. Entrar en Salesforce es un propósito imposible, salvo que tengas las credenciales. Sofía no las tiene. Solo las tuvo en una fase inicial, a los sistemas de desarrollo, pero no al sistema real en producción. Se levanta. Da cortos paseos. Se asoma a la ventana. El horizonte nocturno le inspira: en la lejanía, el letrero luminoso de un hotel. En un instante vuelve a la carga, atacando por un nuevo frente. Iberostar.

Sofía accede al proyecto CRM de la cadena hotelera para el que también está trabajando, mirando si alguna de las reservas de sus establecimientos alberga registros con emails que terminen en ormazabal.com... Eso le daría acceso a las reservas del hotel y podría ver si hay algún empleado de Ormazabal en algún hotel cercano. Respiración contenida y... ¡Bingo! Ahora queda entrar en un hotel, encontrar al directivo, convencerle para que pueda acceder a su software de gestión de clientes y así conocer los detalles de la instalación de Ormazabal en la central. Y todo eso, en minutos. Pfff. ¿Bingo? La buena suerte que requiere trabajo no tiene tanto de buena suerte...

En marcha. De nuevo. Incomprensiblemente la bicicleta no había sufrido daños después de la caída en el aparcamiento. Sofía vuelve a galopar entre calles mientras sus pensamientos actualizan status de unas horas infinitas: Fagor, la central nuclear, Devo, Ormazabal, Salesforce, Iberostar... Empezaba a sentirse como en un juego de la oca delirante, sobre un tablero enrevesado y hostil; y lo más grave, no era ella quien tiraba los dados.

Convencer a un ejecutivo solitario en viaje de negocios, con dos copas más de las que necesita, no es labor sencilla. A ver, sí estuviéramos en una superproducción de espías, con agentes que lucen escotes de vértigo y emplean peligrosas armas de mujer, sí. No es el caso. La vida no sucede en cinemascope, aquí no hay efectos especiales. Sofía no tiene el cuajo, ni el cuerpo, ni el cutis en condiciones para hacer algo así.

De modo que toca tirar de pragmatismo, sentido común, hablar con él y explicarle todo lo que está sucediendo. Sofía se sienta cerca del tipo, que está usando el ordenador, se pide una cerveza. De repente, le pide que le vigile el PC mientras se va al baño (esta un poco borracho). Entonces ella accede al mismo, porque el tipo no lo ha bloqueado antes de marcharse.

Definitivamente lo que le está sucediendo a Sofía hoy se sale de todo lo que esperaba llevar a cabo en una empresa de desarrollo software.

Todavía nerviosa y asustada por presenciar una versión de sí misma que desconocía, Sofia accede al ordenador personal del directivo y obtiene información de la instalación de Ormazabal en la central nuclear. Esto iba en serio. Por distintas rutas Nacho estaba consiguiendo que la central nuclear permaneciera silenciada y sin energía eléctrica en sus instalaciones. Un cóctel de motivos más que fundados para presionar el botón del pánico, pensaba, pendiente, sin dejar de mirar si el ejecutivo regresaba de los servicios.

Su convencimiento de no denunciar a aquel chico maravilloso al que conoció en una fiesta de disfraces en Erasmus comenzaba a presentar grietas. Había llegado el momento de parar todo esta locura. El sueño del directivo es lo suficientemente profundo para que Sofía pueda crear una incidencia en el crm de Ormazabal que avise a los servicios de mantenimiento de guardia de la compañía. Estos deberían presentarse allí en pocos minutos.

El ejecutivo vuelve del baño. Sofía se despide de él. El hombre se sienta. Cuando Sofía ya no está en su campo visual en el bar ve el Ataque Hasselhoff.

De vuelta a su apartamento Sofía rechequea en una de las pantallas el CRM de Ormazabal, ya que ha accedido a las claves en el portátil del ejecutivo. Enseguida observa que los técnicos llegan a la central y comienzan sus trabajos de revisión. ¿Tranquila? A medias. Intranquila. Los miedos le atenazan. ¿Estaría poniendo en riesgo la vida de esas personas? Sentía pavor, pero a la vez sabía que era lo único que podía hacer. Eso, y rezar.

Dientes apretados. El corazón a 100. Nota su pulso en las sienes. A la espera de que llegue alguna notificación. ¡¡Imposible!! ¡Si lleva una eternidad sin móvil! En una operación rápida, pasa la sim de su teléfono de empresa inservible, al personal.

Nada más reiniciarlo, recibe un Telegram. Terror. ¿Una nueva incidencia? No. Es él. Nacho. "Enhorabuena. Lo has hecho muy bien. Tú solita". El gran profesional que ahora brilla en el lado oscuro continúa chateando con Sofía e intenta convencerle de que desista. Sofía graba un mensaje de voz para enviárselo: "¿Por qué haces todo esto? ¿A qué juegas? ¿Por qué has cambiado tanto?"

Se produce una tensa espera y no llega mensaje alguno de respuesta. Lo hace casi cuando Sofía iba a guardar su teléfono móvil. "...Por nosotros".

Ese "nosotros" tiene un regusto agridulce, amargo. Sofía no le guarda rencor, aunque tendría argumentos, sobrados. Fueron colegas. Trabajaron juntos. Después unieron sus destinos. Pero terminaron siendo rivales, sobre todo él de ella. No llevó bien su ascenso en la compañía, se sintió eclipsado. Fue el principio del fin. Terminaron.

Se abren de par en par las compuertas de los recuerdos. La relación de Sofía y Nacho fue a más en el proyecto de Primagas. Ese trabajo les hizo recorrer toda la península, desde las montañas más románticas hasta los restaurantes más lujosos. Probaban el software en iPads que los comerciales de Primagas utilizaban para vender propano a sus clientes: cocinas de ensueño, hoteles y paradores, yates, clubs privados, idílicas casas rurales... Un romance. Hecho añicos.

Y a continuación el llanto. La resaca de lo que pudo ser y no fue revienta por dentro a Sofía, no puede evitar llorar. Pero contiene las lágrimas: no se lo permite a sí misma. Él no lo merece. Lo que sigue es un brote de rabia incontenible. Puñetazos sobre la mesa. Que se solapan con unos golpes en la puerta. En una secuencia que le suena mucho, es la que usaba Nacho a modo de contraseña.

Sofía coge aire. Se acerca a la puerta. La imagen deformada de Nacho en la mirilla. Abre. Se miran. Ninguno de los dos pronuncia palabra. Plantada ante él, la joven explota. Pero vamos a ver ¿qué pretendes? ¿Todo esto para qué? ¿Querías hacerme sufrir? ¿Ponerme en evidencia? ¿Humillarme?

Nacho entra sin esperar un gesto de consentimiento de Sofía. Le confiesa que quiere sacarla de su empresa y empezar de nuevo, los dos. Cierra la puerta tras él. La joven responde con toda la frialdad de que puede hacer acopio: ¿por qué tendría que arruinarme la vida de esa forma?

Todavía sientes algo por mí, se jacta Nacho. Me has estado protegiendo. ¿Por qué no has avisado a nadie, ni a compañeros, ni a jefes, ni a clientes, ni a las fuerzas de seguridad?... Me gusta hacerme responsable, buscar soluciones y no cargar a los demás con lo que puedo hacer yo, responde Sofía. Lo llaman compromiso, algo que tú desconoces por completo, sentencia.

Esto provoca una sonora carcajada en Nacho. ¿Compromiso?... Compromiso conmigo. Sabías desde el principio que yo estaba detrás de todo, y me has protegido, disfrazándolo de profesionalidad y pasión por el trabajo bien hecho. Nueva carcajada de Nacho. Pero, lo que acaba de hacer Sofía con el papelón de la central nuclear, ella sola... Ha sido toda una demostración de lo que es capaz.

¿Me quieres decir que todo esto era una prueba? ¿Una gynkana de mal gusto?, le espeta Sofía, desafiante, seca. Nacho no ha cambiado un ápice, un silencio en el que resuena su vanidad, y una sonrisa egocéntrica lo demuestran. Añade que, además ha sido testigo directo de sus acciones. Sofía no comprende... El mendigo de la lavandería. El ejecutivo del hotel, cuyo portátil había dejado descuidado y sin bloquear... Bueno, ya sabes que siempre me gustaron los disfraces, y tú has ido en todo momento por el camino que yo te marcaba, se jacta Nacho.

¿Algo más?, pregunta Sofia, saturada por su actitud. Se te ha acabado el tiempo. He quedado, ¿sabes?

Sí que hay algo más. Mucho más. Nacho tiene un plan para los dos. Algo le dice a Sofía que ese plan no es una start up. Tarda poco en comprobarlo... Yo fui quien instaló el software antimalware Lookout en los teléfonos móviles de todos los directivos del Banco Santander, ¿te acuerdas?, apunta Nacho con autosuficiencia, y muestra sus cartas.

Sí que hay algo más. Mucho más. Nacho tiene un plan para los dos. Algo le dice a Sofía que ese plan no es una start up. Tarda poco en comprobarlo...

Su objetivo, una jugosa transferencia que les va a resolver la vida. Un movimiento bancario fantasma, desde cuentas de empresas con las que había trabajado, con destino a un banco extranjero, preferiblemente en la lista de paraísos fiscales, inmediata, vía Banco de España . Y todo, sin dejar rastro. Si pudimos instalar el antimalware en el Banco Santander, también podremos desactivarlo para luego introducir un malware que permitirá borrar cualquier pista, y desde dentro, sentencia Nacho. Cuando quieran auditar qué pasó no quedarán pruebas. Dime que no es brillante.

¿Y qué se supone que haré yo en ese plan brillante?, pregunta Sofía. También he pensado en eso, responde Nacho.

Un convento de clausura es uno de los lugares más seguros para una mujer que quisiera desaparecer. ¿Te acuerdas?, era algo que siempre comentábamos al ver cómo las hermanas de la orden de San Agustín llenaban su depósito de propano con Primagas.

Nacho continúa con su perversa estrategia de atracción. La regla de hospitalidad hará que Sofía sea acogida. Si es necesario más tiempo de ocultación siempre podrá entrar como novicia, la falta de vocaciones ayuda a admitir casi a cualquiera sin hacer demasiadas preguntas. Permanecerá allí un tiempo. Él ya habrá huido, y ella terminará de ejecutar el plan desde un lugar recóndito y poco sospechoso de albergar hackers, dentro de una bulliciosa ciudad. En un convento de clausura.

Sofía cree que se pasa de listo. Si el plan es tan bueno, y nadie va a poder seguir su rastro, ¿por qué ocultarse? Y de hacerlo ¿por qué quedarse aquí? ¿Por qué no irse a otro país?... Nacho reacciona como un portero que ve venir el balón desde lejos: sencillamente, porque me parece más audaz. Y porque mantener a parte del equipo en el país nos da mucho más margen de acción.

¿Y tú, qué harás mientras tanto?, pregunta Sofía. Nacho se toma su tiempo para responder. Yo... Invertiré todos mis esfuerzos en encontrar el anillo de compromiso más espectacular que exista. Y renueva la invitación de unirse a su próxima jugada maestra, ¿qué me dices? Sofía se le queda mirando...

A diez pasos del Convento de las Hermanas Agustinas. Medio tirada en la acera. Bien entrada la noche. Sofía se mantiene en pie a duras penas; es atendida por dos monjas. Pantalones vaqueros, rotos, cara magullada, melena castaña encrespada, y una mirada perdida en no se sabe dónde, detrás de unas gafas graduadas con montura de concha. Los vaqueros también tienen gotas de sangre... Es lo que queda de Sofía. "¿Estás bien?" le pregunta una de las monjas. "Eh, ¿estás bien?", insiste la otra hermana, mientras las campanas tañen con un eco imponente.

Sofía se yergue. ¡Vaya tropezón! Pero sí, mejor que nunca, responde. No se le ocurre una forma más fantástica de pasar la noche de Halloween que en compañía de dos buenas amigas. Lo que siente es no haber podido conseguir un disfraz de monja.

Una de ellas le asegura que esa pinta de walkingdead que ella lleva tampoco está mal. Sofia le responde que no le ha costado mucho. Bueno sí. Un poco. Las tres se tronchan. Pero se han quedado enganchadas con su relato. Un relato al que le falta el desenlace. ¿Por qué no ha aceptado la oferta de su ex?

Sofía y sus dos amigas reinician el paso. Con todo lo listo que se considera... comienza Sofía. Me ha dicho que yo era predecible. Pre-de-ci-ble. Y que había pensado en todo. Pues mira no. Si lo hubiera hecho se habría puesto una coquilla donde ya sabéis.

Las tres amigas continuan caminando entre risas, mientras hacen gestos de patada en los huevos. Pasa cerca de ellas un coche. De su equipo de sonido desborda por las ventanas el Porcelain de Moby: "so this is goodbye, this is goodbye"... Se acabó. La partida de pacman el túnel, la garganta de la anaconda... Era la noche de Halloween. Y después de tantos trucos y tratos tocaba divertirse.

A diez pasos, detrás de Sofía, mientras se aleja, reposa su smartphone, en la acera. Las campanadas del convento tapan las alarmas que siguen llegando.

Agradecimientos

Idea original

Carlos Polo

Guión

Josebah Espeso

Ilustraciones

Unaitxo

Diseño web y maquetación

Elena Rodríguez

Edurne Castillo

¿Qué se esconde detrás de ELEMENTS?

Nuestros clientes satisfechos siempre han sido nuestros mejores embajadores y sus casos de éxito la mejor munición de marketing posible. Sin embargo, con el paso de los años, los casos de éxito en nuestro sector se han convertido en propaganda barata y aburrida que nadie lee. Así que hemos decidido darles la vuelta y hacer que se vuelvan a leer, que diviertan a nuestros clientes presentes y futuros y que, de paso, aporten un pequeño granito de arena a la generación de vocaciones STEAM.

Por eso lanzamos ELEMENTS, para en primer lugar entretener, luego informar, y por último, para los que tengan interés real en los proyectos, aportar nuestro valor como integradores de sistemas de información. Esperemos que disfrutes de ELEMENTS.

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